22 ene 2012

como cambia todo.

 
Hace unos años yo era muy distinta. Era tímida, hablaba poco y reía mucho más. Me costaba mostrarme y se me atragantaban los sentimientos. Alguna vez dije alguna mentira, pero era buena... No tenía mucha autoestima, pero en el fondo pensaba que era mejor de lo que los demás creían. Tenía la cabeza llena de tonterías, y a los doce años ya me creía algo más madura que el resto. Me moría de vergüenza cuando tenía que hablar en cualquier tienda o restaurante, y casi siempre lo evitaba; y además me daban miedo un montón de cosas, y me rendía con facilidad. Nunca creí en los cuentos de hadas porque sabía que yo jamás encontraría al típico príncipe azul. No tenía mucho mundo, ni era muy popular; siempre buscaba dar más de mí misma y era muy perfeccionista. Pasaba desapercibida, era poca cosa, y no me importaba demasiado mi aspecto. Me daba pánico hacer el ridículo y por eso me quedé con ganas de hacer muchas cosas. Vivía esperando algo genial que siempre estaba por llegar.
Ahora he cambiado muchísimo. Soy extrovertida, y a veces incluso atrevida. Hablo todo lo que puedo y me río aún más. Se me siguen atragantando los sentimientos, pero he conseguido aprender a expresarme de una forma más o menos decente. Dejé las mentiras para convertirme en casi la sinceridad en persona. La autoestima sigue donde estaba, pero ahora pienso que no soy tan buena como todo el mundo cree. Sigo con la cabeza llena de tonterías y me niego a aceptar que soy mayor. Al menos, ahora solo me muero de vergüenza en determinadas ocasiones, lo demás lo llevo bien; y el único miedo que conservo es quedarme sola. Sigo rindiéndome con facilidad aunque ahora no me molesto en disimular y, a veces, incluso soy capaz de luchar por algo si de verdad me importa. También he descubierto que la gente no hace más que decepcionarme. He visto un montón de cosas, conozco a muchísima gente y me importa muy poca. Tengo la sensación de que el número de personas que realmente saben quién soy es inversamente proporcional a mis deseos de que a todo el mundo le guste lo que ve. Y sí, sigo siendo igual de perfeccionista, y nunca me parecerá que doy lo suficiente de mí misma. Pero ya no paso tan desapercibida, y está claro que me preocupo por mi aspecto. Y ahora ya no me da nada de miedo ni vergüenza hacer el “ridículo” delante de todo el mundo. Hace mucho que no me quedo con ganas de hacer nada y jamás me arrepentiré de algo que haya hecho. Vivo con la presión constante de hacer de mi existencia algo genial que valga la pena. Aunque alguna vez haya llegado a pensar que ni siquiera sé si yo valgo la pena.

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